Se entiende por sueño a un estado fisiológico, regular y reversible caracterizado por una disminución de la consciencia y de la respuesta a estímulos externos. Este se organiza en dos grandes ciclos: movimiento ocular rápido (REM) y movimiento ocular no rápido (NREM). El primero consta de una elevada actividad cerebral y atonía muscular, y suele asociarse a sueños vívidos; mientras que el segundo se divide en cuatro etapas progresivas que van desde un sueño más ligero hasta uno más profundo.
Durante el sueño se producen cambios en la actividad cerebral y, al mismo tiempo, se optimizan diversos procesos fisiológicos esenciales, como la reparación de tejidos y la regulación hormonal, metabólica, inmunológica, entre otros.
En este sentido, el sueño es elemental para todos los individuos, pero cobra especial relevancia en el caso de los deportistas. Si bien se trata de un campo de estudio relativamente reciente y aún limitado en investigaciones, diversos estudios han reportado que los deportistas de alto rendimiento suelen experimentar problemas de sueño tanto en cantidad como en calidad. Factores como la competencia (estrés, ansiedad, nerviosismo), los horarios de entrenamiento y los viajes frecuentes se encuentran entre los principales determinantes que pueden afectar el descanso, además de otros factores no necesariamente vinculados al deporte.
A pesar de su importancia, el sueño suele ser menos considerado dentro de la preparación deportiva en comparación con el entrenamiento o la alimentación, cuando en realidad constituye uno de los pilares fundamentales para el rendimiento deportivo.
La restricción del sueño puede provocar fatiga, menor capacidad de síntesis proteica y una recuperación muscular más lenta, lo cual se traduce en mayor riesgo de lesiones, peor recuperación y mayor percepción del esfuerzo, afectando negativamente el rendimiento deportivo. Asimismo, también puede impactar en procesos cognitivos como la memoria, la concentración y el estado de ánimo, aspectos relevantes para la toma de decisiones, el aprendizaje motor y el desempeño deportivo.
Por otra parte, la falta de sueño afecta al sistema neuroendocrino y a distintas vías metabólicas. Se ha observado un aumento del cortisol y alteraciones en la secreción de la hormona de crecimiento, lo que favorece procesos inflamatorios y proteolíticos. Además, se producen cambios en las hormonas reguladoras del apetito (disminución de la leptina y aumento de la grelina), lo que incrementa la sensación de hambre.
Considerando el impacto que el sueño tiene sobre el rendimiento deportivo, resulta primordial adoptar hábitos que favorezcan un descanso adecuado y de calidad. Algunas de las recomendaciones son:
- Dormir ~8 horas diarias.
- Establecer una rutina regular de sueño, acostándose y despertándose en horarios similares.
- Evitar el uso de pantallas antes de dormir y preferir ambientes con iluminación tenue en las horas previas al descanso.
- Evitar comidas abundantes 2-3 horas antes de acostarse y limitar el consumo de grandes volúmenes de líquido.
- Reducir o evitar el consumo de cafeína hacia el final del día.
- Incorporar siestas breves como complemento del sueño nocturno, cuando sea necesario y mientras no interfieran con el descanso durante la noche.
Promover una buena higiene del sueño debería formar parte de la planificación del entrenamiento, dado que constituye un factor clave para optimizar el rendimiento y cuidar la salud del deportista.
Finalmente, es importante recordar que las necesidades pueden variar, por lo que siempre es sustancial individualizar cada caso según las características, demandas y contexto de cada deportista.
Referencias bibliográficas:
– Australian Institute of Sport. REST Hub | Sleep Overview.
– Halson, S. L. (2014). Sleep in Elite Athletes and Nutritional Interventions to Enhance Sleep. Sports Medicine, 44(1), 13-23. https://doi.org/10.1007/s40279-014-0147-0
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